19 septiembre 2009

Alamedeando

Hoy la Alameda de Hércules dista mucho de lo que ha sido hace poco, y se parece cada vez más a lo que todo el mundo quisiera que fuera. Peatonal, con fuentes, con niños jugando en los parques, y con sus habituales habitantes de poca higiene corporal caminando por enre los duros bancos de piedra hechos contra los vándalos.
Hoy que el sol brilla en el cielo sin asolar con su calor de días pasados, la gente se agolpa en los quioscos y las "orillas" de la plaza, donde salen ciclistas, malabaristas y perros varios a exhibirse entre sus congéneres.
Quizás no sea un mítico Hyde Park, un Central Park, un Retiro o una Plaza Mayor, pero hoy constituye sin duda uno de los más grandes epicentros de la vida hispalense, esa que se desarrolla entre cervezas frescas todo el año, entre gente con arte que muchas veces son suficientemente artistas como para hacerle un guiño a la vida sin trabajo, sin aspiraciones más alá del día a día, o a los que supone una aventura adentrarse en un gran centro comercial a perderse entre muebles que montar, cosas inútiles que adquieren, y esas muchas otras que no se pueden permitir, pero que les facilitarían una vida que ya de por si cuesta hasta intentar no dejar de vivirla.
Hoy quiero hacerte un regalo, amigo alamedero, para que entiendas que ninguna obra de arte de las que no te cautivan puede igualar tu sonrisa cuando estás bebiendo Cruzcampo con tus amigos, no hay más felicidad en una infraestructura japonesa de tren bala que la tuya cuando acudes al Sevici y encuentras una bicicleta a la que no le falta el sillín, la rueda o el manillar; te ha costado asumir la cultura cosmopolita de la homosexualidad circundante, pero piensa que por mucho que se acerque, esto nunca será Chueca.
Salud y birra, alamedero común.